MONUMENTO

MONUMENTO A UN PRISIONERO POLÍTICO DESCONOCIDO
MAX BILL, LONDRES, 1952
PLANTA
FOTOGRAFIAS CON CLIP, A IMÁGENES DEL MODELO APARECIDAS EN UN LIBRO

TÚMULO ETRUSCO

TUMBA REGOLINI GALASSI
650-600 A. C. (D. 1836)
CERVETERI
RECONSTRUCCIÓN DE LA PLANTA

PROMENADE

PROMENADE DE LAS OBRAS DE ARTE
UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
RECTORADO – PLAZA CUBIERTA – AULA MAGNA
C. R. VILLANUEVA
PLANTA

PEDAZO

el trozo encontrado de ciertas cosas
es capaz, si se le manipula según su propio orden,
de hablar del funcionamiento habitual de la cosa completa
que su fracción invoca

DOBLE EXPOSICIÓN

Como era costumbre, imprimí la página nueva al reverso de una hoja mal impresa guardada como papel para reciclar; pero como la cargué al revés, obtuve unas hileras de caracteres solapados que, más que frases legibles, parecían las trenzas interminables de alguna tipografía abstracta. Con todo, a través de los espacios en blanco tras cada punto aparte, y como por rendijas de luz, aún se podía leer alternativamente algún fragmento de texto limpio. Esta suerte de escritura automática de la máquina, me recordó aquella vez en que por error había cargado en la vieja cámara un rollo de diapositivas ya expuesto, resultando las nuevas tomas en extrañas exposiciones dobles, algunas de las cuales cobraban de súbito algún nuevo sentido.
Del solape del blanco de la hoja y los grandes bloques negros de letras enredadas, expuestos en la combinación accidental de ambos textos, apareció así una suma menor de partes legibles que, ordenada, parecía venir a redactar los estatutos de algún código o manual.

ÉMBOLO

Frente al semáforo, sobre un pavimento lleno de picadillo de periódico, como si un desfile acabara de pasar, había un niño descalzo pidiendo monedas. Con el cambio a verde, corrió hacia el quiosco que estaba en la esquina, y mientras sus dos compañeros distraían al vendedor, tomó uno de los diarios que estaban puestos en pilas en las parte baja. Desaparecieron por un buen rato, pero regresaron tras unas cuantas vueltas del semáforo con el diario hecho picadillos entre las manos para colocarlo cuidadosamente en montones sobre la rejilla de la toma de aire del Metro. Uno de ellos puso la oreja en ella y gritó —¡Ahí viene! Entonces, como por el hoyo de una jeringa vacía cuando el pistón de goma recorre el barril, el tren desalojo el aire del túnel haciendo estallar en el aire, junto a mi risa y la de los niños, una nube de papelillo. Jugaban con el más grande de los trenes eléctricos haciendo evidente inesperadamente, además, el pulso de la ciudad.

LUZ LATERAL

son otras las patas de las mesas,
las sillas, los postes de la calle o los ovillos de pelo en los rincones
bajo la luz lateral del invierno

LO VACÍO COMO FIGURA

A veces, cuando veo el centro vacío de algunas cosas, los bordes materiales que lo rodean pasan a ser un fondo sobre el que destaca la figura nítida de esa ‘nada’ que contienen. Nada nuevo con esto, si se considera los miles de años de reflexión sobre el cilindro de aire hecho vasija al ser rodeado del barro de sus paredes; sobre el hecho de que lo importante es allí justamente lo que no está. Pero a veces, pareciera que, además del puro vacío, y aunque se trate de una ausencia, siempre hay algo allí dentro que le está dando a esa figura su sentido. El cubo de aire transportable que se incrusta industrialmente en la arcilla húmeda de cada uno de los ladrillos de ventilación que se están produciendo en este momento en alguna fábrica, pasa a existir como una ‘nada’ cuando, instalado, deja fluir aire al interior de la casa, o cuando saco la hoja seca que quedo puesta dentro de él porque interfiere la pureza que la cuadricula continua de los bloques en sumatoria produce en el muro. Es la misma operación según la cual el hueco que rompe el muro continuo de casas adosadas en una ciudad compacta, toma sentido al vaciarse en su interior la idea de una plaza, o según la cual se llamaría ‘patio’ al vacío que ordena los ambientes de una casa. También hay vacíos sin nombre que se llenan de sentido dado lo que repentinamente pasan a contener; ¿cómo denominar, por ejemplo, al espacio que aparece entre dos extraños cuando uno le pregunta al otro una dirección, o cuando volteo mi cuerpo hacia la pared para producir una zona de calma en la que el viento cese y pueda prender mi cigarrillo?, ¿cómo llamar a este espacio que ordena las sillas alrededor de la mesa, que ha aparecido al sentarnos para compartir comida o jugar dominó, que ha quedado cargado de polvo, luz, olor, conos de sombra, resonar de palabras, y también del silencio que dejó aquello que pude decir pero preferí callar ante la elocuencia de una mirada que a su través me fue dirigida?

CUBO

—El infierno es el otro —acabo de decir, después de un largo silencio y en voz alta, como si algo en mí y no yo mismo lo hubiese dicho; como para dar a entender a los demás que el asunto concluyó, que prefiero seguir conduciendo en silencio que participar en la conversación. Pero el efecto es otro. Felipe (8), desde el asiento de atrás, ha comenzado a explicarnos su visión del infierno tal cual anoche la soñó. Es, en pocas palabras, la construcción de su miedo a la nada.
—Pero, no es que no haya nada; hay suelo y cielo —le digo. —Si —responde—, hay un suelo, pero alrededor y arriba lo único que se ve es algo negro, como un cubo cerrado que se aleja si uno trata de tocarlo.

ESCALERA

Y aquí voy otra vez, bajando por esta escalera incómoda que, para unir el patio de madera con la biblioteca que está debajo, a un arquitecto se le ocurrió diseñar y construir. La primera vez que bajé por ella sus escalones, de poca altura y ancho excesivo, hicieron tan lento el descenso, que para desentorpecer los pies, e intentar mantener un ritmo natural, tuve que descender de a dos peldaños. Pero haciéndolo de ese modo, el impacto de cada paso se volvía tan violento y ruidoso, que al repercutir tan molestamente, tanto en mi cuerpo como en la paz de la biblioteca, no quedaba otra opción que la de volver a ejecutar los interminables pasitos cortos. Después, encontré un escrito sobre esta escalera, que la definía como un dispositivo de transición; uno, cuyo propósito era justamente el de adaptar el descender de la persona al cambio de ambientes. Se trataba, con la escalera y según ese escrito, de un artefacto que, en lugar de unir progresivamente las cualidades de los dos espacios que vinculaba debido a una adaptación consciente por parte de quien descendiese, operaba más bien como uno de los torniquetes del Metro, o como un ‘resalto’ en la calle; es decir, all modo de un mecanicismo cuya función, mecánica e independiente a la consciencia del descendente, era la de ‘atenuar’ sus pasos, adaptando obligatoriamente su caminar entre lo que era «arriba, afuera y bullicio», y lo que era «abajo, adentro y silencio». Hoy, cuando la uso ya no me toma por sorpresa; ahora, esa obligación a ejecutar esa suerte de danza a un ritmo distinto, es para mí su forma de ser; una forma que me volvería a sorprender si, con la repetibildad de los torniquetes o los resaltos, comenzase a aparecer en otras escaleras, y que dejaría de sorprenderme del todo si su forma terminase por convertirse realmente en la de algo habitual; en la forma de ser de muchas escaleras ahora trasformadas en «atenuadores»: un tipo de artefacto común que, a esas alturas, ya no necesitaría que una voz externa lo explicase, o que explicase que su aparición no contiene un error, porque su concepto ya sería parte de la cultura. [1]
Pero cada vez que uso esta escalera, también me da por pensar, que no es tan fácil unir el ‘ser’ de un objeto útil hecho en la usanza o la habitualidad, al ‘ser’ de un mecanismo nuevo que se tenga a bien imaginar, y que, al menos por ahora, es injusto dotar de esa responsabilidad a la escalera alterándole sus peldaños, convirtiéndola en una anomalía cuya rareza (o error), y si me lo preguntasen, sí le añade al mundo un cierto interés.

[1] Es algo parecido a lo que ocurre con las escaleras mecánicas. En ellas, uno acepta la imposición maquinal de un artefacto, de un ingenio que sabemos oculta bajo la apariencia de una gentil escalera, sin que nadie deba explicarlo, un enorme animal silencioso de engranaje, cadena metálica y electricidad. Pero es un ingenio abiertamente esclavo que ya ha sido adjudicado a la categoría de las cosas utilitarias puestas allí para hacer de la mejor manera lo que se espera que hagan. La escalera mecánica no reclama la atención de quien la usa por el hecho de que altere su respiración o su paso; esa alteración, que sí ocurre, ya no es en sí misma algo peculiar. ¡Y claro que podría este animal mecanizado y de dócil apariencia encarnar a un ser demoníaco!, pero ello estaría inserto en una reflexión opcional permitida justamente por estar construido bajo esa ley implícita, según la cual, ya se ha aceptado que las escaleras están hechas para suavizar el roce entre espacios comunicados a diferentes niveles; espacios que, en cambio, sí pueden estar animados de maneras inusuales; porque los espacios, más que las escaleras, son los que afectan a las personas, y las personas, más por los espacios que por las escaleras, parecen desear ser afectadas. Quien ha hecho antes escaleras, las ha hecho expresamente para que pasen desapercibidas o sobreentendidas; para que quien las use evoque la experiencia que le han facilitado; tal como cuando se brinda o charla con un amigo, y lo que se recuerda, por sobre el recuerdo del músculo siendo impactado por un vaso o un asiento determinado, es la peculiaridad del contenido humano expresado. Pero es también posible, y hay que admitirlo, que de vez en cuando la peculiaridad de un vaso o un asiento sí ayude a fijar en la memoria de una manera especial la experiencia humana de un brindis o de una charla.

PASARELA

La mayoría de las pasarelas elevadas que cruzan avenidas con tránsito vehicular, están tipificadas; su hechura consiste en elevar el paso de los peatones a la altura de una viga adaptable a varias longitudes de ancho de calle, provista de escaleras o rampas estandarizadas en los extremos. Cada tipo, es la optimización de un tipo anterior concebido dentro de un campo de estudio referido al diseño normalizado de pasarelas. En Valparaiso, cruzando la avenida que da hacia la costa, apareció un día, ocupando el lugar que de otro modo le correspondería a una de esas pasarelas tipificadas, un objeto que es, en cambio, único e individual. Parece ser el ensamblaje de tres partes bien diferenciadas, hechas de madera, metal y hormigón en distintas proporciones, sacadas directa y literalmente del ámbito amplio de las cosas preexistentes en el mundo real; dicho de otro modo, son partes que mantienen en el ensamblaje que forman, un significado propio que permite que, al menos visualmente, puedan ser separadas física y funcionalmente. Una, es un segmento de arco que se asemeja a la estructura autosuficiente de un antiguo puente de madera curvo, uno de cuyos extremos, el opuesto al mar, se apoya directamente en el suelo. Otra, es un alto pedestal de cemento y barandas metálicas que, de aspecto más industrial como el de un elevador de carga, un andamio, una plataforma de observación o una de las bases de hormigón prefabricado recuperada de una autopista, recibe el otro extremo del puente al otro lado de la calle. y la última parte, es una escalera que, similar a una sobrepuesta a la salida de emergencia de un edificio, a la salida de un avión o un barco, desciende paralela a la calle desde el pedestal. Lo que se suscita cuando estas tres partes se ensamblan, es justamente la evocación de la circunstancia única que las reúne: la presencia de mar, un ancho de calle particular, y una breve plaza adyacente que recoge la gran afluencia de gente que, al otro lado, va a abordar el bus o el tren. Es, en tanto pasarela, mucho más que una cosa funcional, y como cosa funcional, es mucho más que una pasarela. Es un mirador clavado frente al mar, que aún sin la escalera lateral seguiría funcionando como una prolongación orgánica de ida y vuelta y sin descenso, desde la plaza; o como evento ajeno a la plaza, si es que conserva esa escalera lateral pero prescinde del puente curvo. Un mirador elevado que permite a la mirada, al superar el ancho bandejón del puerto, saturado de maquinaria, mercancía, enormes neumáticos de camión y ‘containers’, contemplar directamente el frente marino. Pero lo que en realidad hace única a esta estructura, es el que dada su presencia, de ésa manera y en ese lugar, esos significados pueden coexistir sin que dejen de ensamblar finalmente una pasarela.

CELDA

el eco da contorno al elemento ausente,
lo traza contra la vana sombra de un campo sin observadores,
lugar de la fatiga del pie y el tubo estructural
bajo la custodia perpetua de la bisagra y el tornillo

VASO

pretendo que el vaso dibujado sea más que el vaso real
desisto cuando para asir el vaso real,
el avance de mi pie a la sombra de la mesa
bajo el vector posible de la mano al recipiente,
agrupa todo en la mirada

ACONTECIMIENTO

el cauce pasa veloz hacia atrás
aplanado por el flujo que acelera en su lisura
un pliegue en el cauce eleva
oscilación, cerro, bahía,
turbulencia lejana al caudal liso de la veloz meseta
pero presente al observador en el borde

en el lecho del cauce veloz
me detuve en la cavidad de una grieta
y de espaldas a la corriente produje,
entre el muro y yo,
un espacio curvo que llené con mi aliento

CODO

mella el cauce y leve se insinúa
perpendicular, un codo
accidente que se encorva en cresta
y desploma en catástrofe cóncava
cráter de torsión a partir de la fuerza telúrica del movimiento lineal
piedra
aspereza en el pasado

LUZ ARTIFICIAL

llamé ‘monumento’ a una pila de bandejas para embalaje de tubos fluorescentes
sin tubos ni caja, las piezas solas del cartón plegado que llenaba los espacios formaban
 —las caras de unas contra el revés de las otras— un sólido estriado,
un elemento vertical nuevo ajeno al evento de la luz artificial

ideo una estructura molde que habrá de variar bajo lapsos de incertidumbre,
invento el trampolín que nadie observa y lo sitúo en ausencia de luz,
extraigo al cuerpo que llamo ‘volkswagen’
la descripción de su levantamiento topográfico
pienso el objeto extinto y lo explico a quien nunca lo vio

SILLÓN CON TAPIZ MESOAMERICANO

hubo un sillón bajo el tapiz que recuerdo
dibujo el sólo manto,
cáscara de mueble desmantelado
bajo la cual es irrelevante si efectivamente existió

CUERPO DEL UTENSILIO

quise dibujar las cosas y advertí que tenían una única forma posible
que llamé ‘cuerpo del utensilio’
surgía del azar, la fatalidad
o aparecía al modificarse, por el uso, anteriores utensilios
me propuse aislar estas formas hasta casi despojarlas de significado
trazando un documento simple de la realidad

trazo la raya de algo vivido
sin fondo ni lado o escorzo
le doy sombra, le hago huella y la hago trabajar
raya que —sin estar erguida o tendida,
aun sin fondo, lado o escorzo— no yace inerte sobre el papel,
recta se alinea a plomo
o se inclina en un drama triangular